Seudónimo para escritoras: cómo hacer que te reconozcan fácilmente

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Antes se utilizaban los seudónimos para mantener el anonimato, hoy en día está más ligado a ser reconocible.

Es curioso cómo un seudónimo ha pasado de ser necesario para no morir en el intento de vivir de escribir a necesario para no morir en el intento de ser reconocible.

A lo largo de la historia, la mujer ha tenido que tirar de seudónimos masculinos para mantener el anonimato y así poder vender más ejemplares de los que vendería un libro firmado con nombre de mujer. Sin embargo, la historia ha cambiado las tornas.

Y para muestra, Carmen Mola, que se ha usado el seudónimo de mujer por el mismo motivo que antes se usaba el de varón. También tenemos los casos de querer ser reconocible como Lorraine Cocó o Alice Kellen, que poco se sabe de su vidas privadas, incluyendo sus nombres reales.

Aprovechando que esta semana ha sido el Día de la Mujer he querido hablar de la importancia que ha tenido y tiene el seudónimo para, de alguna forma, engañar en el género de la autoría.

El seudónimo en la historia de la mujer

Es conocido por casi todo el mundo que el seudónimo ha sido un aliado a la hora de publicar libros escritos por mujeres.

Cuando nuestro género no tenía ni siquiera derecho al voto, muchas escritoras deseaban publicar novelas y artículos, pero solían esconderse tras el anonimato, como Jane Austen, que publicó todas sus novelas en vida bajo el nombre de «A Lady» (Una Mujer).

Sin embargo, un gran número de ellas, lo hicieron bajo el seudónimo de hombre, no solo por mantener el anonimato, sino porque sabían que lo que escribiera un George iba a tener más validez ante el público que si lo escribía una Georgina. Ya se sabe, los prejuicios.

Como ejemplo tenemos a las hermanas Brönte, que firmaron varias obras como Currer, Ellis y Acton Bell. A pesar de luchar por firmar con sus nombres reales, ninguna lo vio impreso jamás en una de sus cubiertas. Qué triste, ¿verdad?

No obstante, Louisa May Alcott publicó Mujercitas bajo su propio nombre, aunque usó el seudónimo de A. M. Barnard para escritos menos importantes.

Toda una hazaña ser mujer y escritora por aquellos años. No obstante, hoy aparecen tres hombres que usan el nombre en femenino y venden la friolera de 400.000 en cuatro años y es traducida a 15 idiomas diferentes. ¿Por usar un nombre de mujer? La verdad es que lo dudo, pero hay opiniones para todos los gustos y tampoco es que me quite el sueño. Ni siquiera los he leído. Lo que sí supongo es que deben de ser buenos, porque esas ventas no se hacen te bautices como te bautices por arte de magia.

El seudónimo como movimiento de marketing

En el siglo XXI ya no hay prejuicios a la hora de publicar bajo un género u otro. Incluso si lo que quieres es ponerte un nombre tan poco descriptivo en género como Blue Jeans.

Lo que sí creo es que hay una tendencia entre las escritoras españolas a firmar con seudónimos anglosajones. Yo me pregunto: ¿es con la intención de despistar? ¿Seguimos pensando que lo que viene de fuera es mejor que lo que tenemos aquí? ¿Hasta qué punto se puede engañar con eso, teniendo en cuenta que en el libro siempre hay una pequeña biografía de la autora? Cuando llegas a la parte de «nacida en Cuenca» no parece que tenga mucho sentido leer el nombre de Melanie Burton, por ejemplo.

Siempre estaré a favor de usar seudónimo si tu nombre es corriente. Laura García, Maite Martínez, Silvia López… Siempre es mejor un seudónimo que ese tipo de nombres. En primer lugar porque son tan habituales que no se recuerdan. Y en segundo lugar porque nos juntaríamos en un panorama con diez escritoras que se llamaran igual. ¿Te imaginas? «¿Tú eres Laura García, la de Mi más sentido miau?». «No, esa es la que está sentada allí, yo soy la de Amor a primer pésame». Follón, follón del bueno.

Por eso hay personas que lo han hecho fenomenal y se han puesto nombres maravillosos, que suenan a música cuando los dices y que, por supuesto, solo hay una. Un ejemplo claro es Pablo Neruda, cuyo nombre real era Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Claro, ante este despliegue de apellidos, cualquiera no se planteaba cambiarlos por algo más fácil de recordar.

Respecto a lo de escoger un nombre de fuera, creo que moriré sin saber el motivo real.

El álter ego o el arte de esconderse tras un personaje

No sé si es el caso de Neruda, pero hay escritoras y escritores que se escudan tras un seudónimo porque necesitan un disfraz que les haga sentir más valiosos de lo que se ven a sí mismos llamándose José Pérez.

Es habitual en el círculo artístico encontrar personas que sufren timidez extrema y un pánico a la exposición bloqueante, sin embargo son creativas y no pueden plantearse meterse en un cajón y no salir nunca más de ahí. Escribir, cantar, pintar, crear arte en general nos aboca, inevitablemente, a una vida social, a vender(te) para vivir de ello, a relacionarte con los demás.

Hay personas que todas esas tareas las hacen más a gusto desde una segunda personalidad dominante que no es su verdadero yo, y está bien. Está más que bien, porque si al cambiar un nombre consigues ser quien quieres ser, ¿qué mal hay en ello?

Por ellas

Ya sea por tener más seguridad, por mantener el anonimato o por lograr que la gente te recuerde más, todo se vale.

Algunas tenemos la suerte de tener un nombre nada usual. En mi caso es el apellido, que no abunda y la mayoría de personas que lo llevan pertenecen a mi familia, de lejos o de cerca.

Sin embargo no tengo claro si yo cambiaría mi nombre el caso de que fuera tan usual como María Díaz.

Creo que también me lo quedaría, por ellas, por las que nunca pudieron firmar un libro con su nombre.

Por aquellas que conocemos sus seudónimos y el tiempo les ha adjudicado la merecida autoría de sus obras, pero también por todas las que no sabremos jamás que fueron mujeres usando anónimo o nombres habituales de caballeros, cuanto más usuales mejor, porque podía ser cualquiera sin levantar sospechas.

Por las que lucharon y cayeron para que hoy podamos tener nuestro propio trabajo, manejar nuestro propio dinero, decidir con quién queremos estar y a quién queremos votar. Sé que esto lo digo desde mi situación privilegiada de mujer nacida en el primer mundo en esta época. Por desgracia todavía quedan países en que las mujeres están privadas de esos derechos, pero como yo sí los tengo, los quiero usar y los celebro.

Por Jane Austen, por las Brönte, por Louisa May Alcott, por Caterina Albert, por las anónimo de la historia.

Gracias a todas ellas hoy nos podemos llamar como nos dé la gana.

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