Escribir romance es un acto de rebeldía

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Por primera vez en la historia de este blog, escribo una entrada de opinión. Desde 2022 doy la turra con artículos semanales sobre marketing, novelas románticas, cómo escribir mejor y demás asuntos que interesan a mi público objetivo.

Sin embargo, en todos los años que lleva activo, no tiene ni una entrada dedicada a dar mi opinión sobre la romántica y creo que ha llegado el momento. Porque una está hasta el moño de los juicios ajenos, de agachar la cabeza y callar ante cualquier burrada de crítica. Pues bien, aquí pongo por escrito, que siempre queda más solemne, mi opinión al respecto.

Escribir romance no es un pasatiempo ligero ni un capricho de personalidades blandas. Tampoco una forma de suplantar el amor que «no tenemos en nuestra vida con uno ficticio». Juro que esto me lo han dicho, como si las que leemos romántica fuéramos unas desgraciadas insatisfechas con nuestra vida emocional. Pero eso solo lo dicen de las que escribimos y leemos romántica. A alguien que lee thriller no se le plantea que puede que necesite asesinar más en su vida real. O que sea un perturbado frustrado por no ir por ahí desmembrando cuerpos.

Por eso, escribir romance es un acto de resistencia emocional en una sociedad que lleva décadas riéndose del amor, del deseo y de las historias con finales felices. Nos han hecho creer que lo que tiene valor es lo gris, que la literatura de verdad no se mancha de sentimientos, sino de palabras casi en desuso. Pero cada vez que una mujer se sienta frente al teclado para contar una historia de amor —con toda su complejidad, su ironía, su humor, su drama y su verdad— está desafiando a una cultura que desprecia la emoción.

Escribir romance es una forma de resistencia cultural

Escribir romance significa mirar la realidad y decidir que la ternura importa. Que el afecto, la intimidad y la vulnerabilidad también son temas literarios dignos. Que lo cotidiano puede ser heroico.

Durante décadas, la literatura escrita por mujeres y sobre mujeres ha sido relegada al estante de «lo menor». Ya sabes de qué te hablo, de «lo rosa», «lo cursi», «lo sensiblero», «lo tonto e inútil». Sin embargo, son precisamente esas historias las que han permitido que miles de lectoras se reconozcan, se reconcilien con su deseo o se atrevan a imaginar otras vidas posibles porque la que viven no es la que desean.

Cuando una autora elige escribir romance, rompe con la idea de que el amor femenino debe ser silencioso o castigado. No escribe para complacer; escribe para reivindicar el placer, la elección y la libertad emocional.

Las historias románticas tienen poder porque construyen comunidad: nos recuerdan que sentir no nos hace débiles, sino profundamente humanas.

Escribir romance es escribir sobre deseo, poder y libertad

En realidad, escribir romance no trata solo de amor. Trata de poder, de autonomía y de las formas en que las mujeres aprendemos a desear sin culpa. Cada beso, cada mirada, cada conflicto romántico es también un cuestionamiento de los límites que la sociedad ha impuesto al cuerpo femenino y a su capacidad de decidir.

Por eso, cuando escribimos romance, no solo imaginamos relaciones sentimentales, sino nuevas maneras de relacionarnos con nosotras mismas. Nos han educado para ser complacientes, así que escribir sobre placer y deseo propio es profundamente político. Aunque no queramos. Porque no solo entramos en debate con otras mujeres, sino, con nosotras mismas: ¿está bien o mal si una historia tiene muchas o pocas red flags? ¿Será criticado o no que escribamos sobre amores tóxicos? ¿Si escribo algo políticamente incorrecto, puede herir a alguien? ¿Qué pensará mi familia o amigos si leen esto?

¿Cuántas escritoras de romántica con alta carga erótica —por ejemplo— usan pseudónimo porque no estarían cómodas si su entorno conociera lo que escriben? ¿Se juzgaría igual a un hombre?

Escribir romance es reivindicar la emoción en la literatura

Hoy en día la ternura se considera una debilidad. Sin ir más lejos, este fin de semana en un evento literario donde la gran mayoría de asistentes éramos mujeres escritoras de romántica, se oía el debate: ser de novelas románticas cursis y ser de novelas románticas no cursis. Por eso considero que escribir romance es casi un gesto contracultural: significa reivindicar lo emocional como algo valiente y no cursi.

Cuando una escritora de romántica se atreve a hablar de sentimientos reales —de emociones imperfectas, contradictorias y humanas— está devolviéndole al arte literario algo que la mala crítica le quitó: el permiso de sentir.

En el fondo, lo que hacemos las autoras de romántica es explorar el amor desde la conciencia, sin pedir perdón por emocionarnos. Convertimos lo que otros desprecian —la vulnerabilidad— en un motor narrativo. Y eso es literatura y, además, de la buena.

Escribir romance es creer en la esperanza

En una feria en la que estuve con mis libros hace un tiempo, alguien me dijo que el amor ya no interesa. Pero cada vez que una lectora se emociona con una historia romántica, demuestra que el deseo de conexión sigue vivo. Y cada vez que una autora escribe sobre segundas oportunidades, está recordando que la esperanza también tiene derecho a ocupar un estante.

Un señor octogenario leyó uno de mis libros y su crítica fue «está bien escrito, pero el chico parece gay». Puede que las escritoras de romántica tengamos en nuestro poder mostrar otras masculinidades. Tener ese poder en la mano, amiga, es una forma más de cambiar el mundo. Tú, que eres pequeña, que no sabes a quién le va a interesar lo que tienes que decir, estás mostrando a otras mujeres que no pueden conformarse con cualquiera. Que no pida menos que ser amada con los cinco sentidos y respetada. Que señores como nuestros abuelos ya han sido demasiado representados. Es momento de representar la evolución. Y de eso se encarga la romántica y algún que otro género hermano.

Escribir romance es una forma de resistencia frente al cinismo, no tengo dudas de ello. Y mira, ya que estamos, en todas las historias, sean del género que sean, suele haber una historia de amor que engancha. Y si no, que nos expliquen cómo es posible que series como Expediente X —sí, mucho ufo y mucha fantasía—, pero lo que estaba esperando todo el mundo, incluso los señores octogenarios, era el desenlace de la relación entre Mulder y Scully.

Eso sí, ni se te ocurriera decir que era una historia romántica, que esa era una serie muy de hombres.

En conclusión: escribir romance es escribir futuro

Porque mientras haya quien crea que la emoción resta valor, seguiremos escribiendo para demostrar lo contrario. Seguiremos escribiendo romance. Y eso es uno de los actos más revolucionarios que puede hacer una mujer con un teclado.

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2 respuestas

  1. ¡Me encantó tu post! Y es a final de cuentas, se reduce a lo mismo de siempre: al machismo/misoginia, al desprecio a todo lo femenino, a pretender que las aficiones femeninas no tienen la validez que las masculinas. Otro ejemplo de esto: Los fandoms. Si las mujeres se «disfrazan» para ir a un concierto de Taylor Swift, son ridiculas e infantiles. Peeeero si son los hombres con la cara pintada y un gorro con cuernos de vikingo en un evento deportivo, es algo «cool» y divertido.
    En fin, ¡Sigamos en la lucha! Saludos, Bea.

    1. Toda la razón, Sandra. El ejemplo que has dado habla por sí solo. No lo había pensado nunca, pero así es. En fin, solo queda ignorar a esos señoros y seguir haciendo lo que nos dé la gana, que nos lo hemos ganado a pulso a lo largo de la historia. Gracias por comentar 💟

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